Por: Griselda Rojas Raymondi
El propósito de la vida, la inspiración que anhelo para que mi narrativa sea comprendida, debe expresarse con sensibilidad, especialmente en este mes que, para muchos, se convierte en un tiempo de reflexión. No se trata de reducir la Navidad a simples buenos deseos marcados en el calendario para recordar al Hijo del Creador. ¿Por qué esperar hasta este momento para recordar a aquel que nos dio todo su amor desde su nacimiento y, durante 33 años, nos ofreció ternura, y sigue brindándonos su gracia día tras día? ¿Por qué esperar a la Navidad para encender la llama de la hospitalidad y avivar el fuego en nuestros corazones?

Tomando como ejemplo el relato de Génesis 13, donde Abraham y Lot, a pesar de sus diferencias, eligen la paz y la conciliación en lugar de la confrontación, me pregunto por qué, en el mundo de hoy, seguimos permitiendo que las disputas sobre tierras, recursos y poder nos lleven a destruirnos mutuamente con guerras innecesarias. En este pasaje, Abraham, con gran sabiduría, le dice a Lot: “No haya ahora altercado entre nosotros dos, porque somos hermanos. No está toda la tierra delante de ti? Yo te ruego que te apartes de mí...”. Aquí, Abraham elige la paz, permitiendo que Lot elija la mejor parte de la tierra, mostrando cómo, incluso en tiempos de conflicto, se puede optar por la generosidad y la armonía. Este pasaje no solo invita a la reflexión durante el mes de diciembre, sino que es un recordatorio que debe aplicarse los 365 días del año. En una época en la que la humanidad parece estar perdiendo su esencia, con el aumento de conflictos bélicos, el robo de tierras y el sufrimiento de los más vulnerables como los niños y los ancianos, es esencial recordar que hay suficiente para todos. La tierra, con sus recursos abundantes, es un regalo que debe ser compartido y cuidado, no una fuente de división. Hoy en día, nos enfrentamos a una realidad en la que la tecnología avanza a pasos agigantados, pero muchas veces parece alejarnos de nuestra humanidad. Nos estamos convirtiendo en seres mecanizados, perdiendo de vista nuestra naturaleza divina y nuestra capacidad de empatía y amor. A esto se suman las organizaciones y gobiernos que, en ocasiones, en lugar de fomentar principios de justicia, paz y derechos humanos, parecen priorizar intereses personales o políticos, dejando de lado las verdaderas necesidades de la sociedad global. Es fundamental que, como sociedad, volvamos a basarnos en los principios de solidaridad, respeto y responsabilidad mutua. Debemos aprender a actuar como Abraham, eligiendo la paz sobre el conflicto, y reconociendo que todos compartimos una responsabilidad por el bienestar de nuestra creación y de las futuras generaciones. No dejemos que los intereses egoístas o las divisiones nos separen, sino que, como hermanos, busquemos juntos un mundo más justo, pacífico y lleno de esperanza. El verdadero cambio comienza en cada uno de nosotros. Practiquemos la generosidad, el perdón y el respeto, no solo en estas fechas, sino todos los días del año, para que podamos vivir en un mundo donde la paz y el amor prevalezcan por encima de todo.

Como dice John Steinbeck ¿De qué sirve el calor del verano, sin el frío del invierno para darle dulzura? Somos como los copos de nieve; todos únicos y diferentes. El invierno debe ser muy frío para aquellos que no tienen cálidos recuerdos. Tengo la convicción y optimismo de que habrá un mañana y al despertar vea mi prole un mundo mejor, me quedaré con esta frase (Charles Dickens) Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año.