En la vida cristiana, la familia es un pilar fundamental. Dios nos ha confiado el hermoso deber de guiar a nuestros hijos con amor y sabiduría. Una de las maneras más importantes de hacerlo es aprendiendo a escucharlos con atención y compasión.
La Biblia nos enseña que Dios es un padre amoroso que siempre nos escucha. En Jeremías 33:3, el Señor dice: "Clama a mí, y yo te responderé." Si Dios nos escucha con paciencia, ¿cuánto más debemos nosotros prestar atención a nuestros hijos?

Escuchar no solo significa oír palabras, sino comprender sentimientos, preocupaciones y sueños. Proverbios 18:13 advierte: "Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio." Este versículo nos recuerda la importancia de escuchar antes de juzgar o dar consejos apresurados.
Cuando un niño siente que sus padres lo escuchan, se fortalece su autoestima y su confianza. Sabe que es valioso y que su voz importa. Jesús mismo mostró este principio cuando dijo: "Dejad a los niños venir a mí" (Mateo 19:14). Él les daba tiempo y atención, y nosotros, como padres, debemos hacer lo mismo.
Escuchar a nuestros hijos también nos ayuda a guiarlos por el camino correcto. Efesios 6:4 nos exhorta: "Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor." Muchas veces, los conflictos familiares surgen por falta de comunicación. Escuchar con amor previene malentendidos y fortalece los lazos familiares.
Además, la escucha activa es una forma de evangelización dentro del hogar. Cuando los hijos ven que sus padres los tratan con amor y respeto, aprenden a relacionarse con los demás de la misma manera. Crecen con una fe sólida, sabiendo que así como sus padres los escuchan, Dios también lo hace.
En conclusión, escuchar a nuestros hijos es un acto de amor cristiano. Nos permite conocerlos mejor, guiarlos con sabiduría y reflejar el amor de Dios en nuestras familias. Sigamos el ejemplo de Cristo y hagamos de la escucha un hábito en nuestro hogar.
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