La Iglesia no es solo un edificio o una institución, sino la comunidad viva de todos los creyentes que siguen a Cristo. Desde sus inicios, la Iglesia ha sido formada por personas unidas en la fe, llamadas a compartir el mensaje del Evangelio y a vivir en fraternidad.

Cuando decimos "La Iglesia somos todos", reconocemos que cada uno de nosotros tiene un papel en la construcción del Reino de Dios. No se trata solo de sacerdotes o religiosos, sino también de laicos que, con su testimonio diario, reflejan el amor de Dios en el mundo.

San Pablo nos recuerda en sus cartas que somos "el Cuerpo de Cristo" (1 Corintios 12:27), donde cada miembro tiene una función especial. Algunos predican, otros enseñan, algunos sirven a los más necesitados, pero todos juntos formamos una sola familia de fe.

Ser Iglesia significa ser luz en medio de las dificultades, practicar la caridad, la justicia y la misericordia. No es suficiente asistir a una celebración dominical; debemos vivir el Evangelio en nuestra vida cotidiana.

 

La Iglesia está presente en cada rincón donde hay amor, solidaridad y esperanza. Está en las familias, en los hospitales, en las escuelas, en los lugares de trabajo y en los corazones dispuestos a servir.

Cada cristiano es llamado a fortalecer esta comunidad con su fe y sus acciones. Ser Iglesia es una responsabilidad, pero también un don que nos une y nos impulsa a transformar el mundo con el mensaje de Cristo.

En definitiva, la Iglesia no es solo un lugar, sino un pueblo en camino, guiado por el Espíritu Santo, llevando la luz del Evangelio a todos los rincones de la humanidad.

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