
La confianza en Dios es un pilar fundamental en la vida espiritual de quienes profesan la fe. Sin embargo, no todos la experimentamos en la misma medida, y eso no está mal. La incertidumbre, el miedo e incluso la tristeza pueden bloquearnos, y Dios, en su infinita comprensión, lo sabe. Aun así, permanece a nuestro lado en cada momento.
Confiar en Dios no significa la ausencia de miedo o dudas, sino avanzar a pesar de ellos. Es actuar incluso cuando el corazón está lleno de tristeza o incertidumbre, con la certeza profunda de que hay un Dios que nos ama y nunca nos abandona. La confianza no es una emoción perfecta ni un estado constante, sino una decisión diaria de creer en su amor, aun en medio de nuestras luchas.
Se trata de una actitud de entrega basada en la creencia de que Dios es fiel, amoroso y siempre actúa en favor de sus hijos.
Esta confianza no significa ausencia de problemas, sino la certeza de que, incluso en las pruebas más difíciles, Dios tiene el control y obrará para el bien de quienes confían en Él.
En la Biblia, numerosos pasajes destacan la importancia de confiar en Dios. El Salmo 37:5, por ejemplo, invita a “encomendar al Señor nuestro camino” y descansar en su cuidado.
La confianza en Dios se manifiesta en la oración, la espera paciente y la disposición a seguir su voluntad, incluso cuando no comprendemos su plan. Esta actitud no surge de manera automática; se cultiva.
En la vida diaria, confiar en Dios permite enfrentar los desafíos con esperanza, sabiendo que su amor es constante y su poder es ilimitado. Esta confianza transforma la incertidumbre en fe, recordándonos que Dios nunca abandona. Por lo tanto, la confianza en Dios no solo es una expresión de fe, sino también una fuente de fortaleza y consuelo en cada etapa de la vida.